Inés tiene 9 años. Antes, devoraba los cuentos de antes de dormir. Sin embargo, desde hace unos meses, no se despega de la tablet, y su madre se pregunta cómo devolverle las ganas de leer a una niña que parece haber pasado página. Si reconoces tu salón en esta escena, respira. En realidad, no es ningún drama, y no es culpa tuya.
La idea no es declarar la guerra a las pantallas. De hecho, forman parte de la vida de nuestros hijos y tienen su lugar. El objetivo, sin embargo, es devolver el libro a la carrera, despertar de nuevo ese deseo. Esto es lo que funciona, según lo que observamos y lo que nos cuentan las familias.
Por qué tu hijo prefiere la pantalla, sin sentirte culpable
Una pantalla responde rápido. Se mueve, suena, recompensa en pocos segundos. Sin embargo, un libro exige un esfuerzo al principio: entrar en la historia, imaginar los rostros, sostener la página. Así, tras un día agotador de colegio, el camino más fácil suele ganar.
Esto no significa que tu hijo haya perdido el gusto por las historias. En realidad, simplemente ha adoptado un hábito más sencillo. El pedopsiquiatra Serge Tisseron propone además unas pautas claras con su regla 3-6-9-12, para pensar en las pantallas según la edad en lugar de demonizarlas. Así, el libro no ha desaparecido de casa. Solo espera que le hagamos sitio otra vez.

Recuperar las ganas de leer dejando los buenos libros a la vista
La primera palanca es casi demasiado sencilla. Coloca libros allí donde tu hijo pose la mirada: en la mesa del salón, cerca del sofá, en el baño, en el coche. Por ejemplo, no colocados muy ordenados en una estantería alta. Deben estar visibles, abiertos, a mano.
Un niño que se aburre cinco minutos coge lo que tiene cerca. Si es un cómic divertido o un libro sobre dragones, lo abre casi sin pensarlo. Varía también los géneros: documentales, cómics, libros donde él es el héroe de la aventura, recopilaciones de chistes. La lectura por placer no necesita ser una novela clásica para contar.
Leer tú mismo, el gesto que dice más que mil sermones
Los niños imitan lo que ven, no lo que se les dice. Así, si tu hijo te ve pegado al móvil toda la noche, el mensaje ya ha llegado. Sin embargo, si cogen una novela diez minutos en el sofá, el mensaje cambia. Le estás demostrando que leer es un placer de adultos, no un castigo escolar.
Habla también de tus lecturas. Cuenta en la mesa el pasaje que te hizo reír, la novela de intriga que te mantiene en vela. Thiago, de 7 años, pidió un libro de piratas después de ver a su padre reírse solo delante de una novela de aventuras. La curiosidad es contagiosa.
El libro donde él es el héroe, para reencender la chispa
A veces hace falta un empujón más fuerte. Un niño que se reconoce en una historia la lee de otra manera. Pasa las páginas para saber qué le va a pasar a él. De hecho, su nombre, su cara, su universo: todo lo atrae hacia la página siguiente.
Es uno de los puentes más bonitos entre la pantalla y el libro. En efecto, con un libro donde tu hijo se convierte en el héroe de su propia aventura, le regalas una historia que habla de él. Muchos padres nos escriben para contarnos que su hijo lo ha releído tres veces en la primera semana. Real Big Stories existe justamente para ese momento en el que se vuelve a abrir una puerta.
La lectura a dos voces y otros trucos del día a día
Leer juntos elimina ese esfuerzo en solitario que echa para atrás. Además, tú lees un párrafo, tu hijo lee el siguiente. Cada uno pone la voz de un personaje. Para un niño que todavía va descifrando las palabras, esta lectura a dos voces convierte la obligación en un juego cómplice.
Algunos otros gestos sencillos ayudan a recuperar las ganas de leer día tras día:
- Déjale elegir sus libros en la librería o en la biblioteca, aunque sea un título que a ti te parezca una tontería.
- Acepta que quiera releer el mismo libro cien veces: la repetición tranquiliza y afianza el placer.
- Reserva diez minutos de lectura antes de dormir, con las pantallas apagadas desde un rato antes.
- Ofrece cómics y manga sin fruncir el ceño: son lecturas de verdad.
No usar nunca la lectura como castigo
Este es el error que cierra la puerta durante mucho tiempo. De hecho, convertir la lectura en una sanción o en una condición es la mejor manera de hacer que la odie. Si leer se convierte en el precio que hay que pagar para recuperar la tablet, el niño asocia el libro con la obligación.
Haz justo lo contrario. Que leer sea un momento que uno se regala, no una deuda que hay que pagar. No hace falta conseguirlo todo esta misma noche. Un cuento, un niño que escucha, y las ganas vuelven poco a poco, a su ritmo. El resto llegará solo.
Para saber más, la web Naître et Grandir ofrece pautas para despertar el gusto por la lectura, validadas por profesionales de la infancia.
