Ahí estás, con tu ahijada, reunidos para merendar, y te quedas en blanco. Y es que ella tiene cuatro años, quiere jugar, y no sabes muy bien por dónde empezar. ¿Hay que sacar un balón? ¿Una cocinita de juguete? Muchos padrinos se hacen esta pregunta frente a una niña pequeña. Y también muchas madrinas, frente a un niño de seis años que solo habla de dinosaurios. Tranquilo: este bloqueo no dice nada sobre tu lugar en su vida. Solo significa que nadie te dio el manual de instrucciones.
La verdad es que un vínculo fuerte no se construye según el género. Se construye con el tiempo compartido, la atención de verdad, y algunos rituales propios. Aquí tienes ideas sencillas para probar el próximo domingo.
Por qué el género no decide nada en este vínculo
Todavía se oye que el padrino juega al fútbol con su ahijado, y que la madrina va de compras con su ahijada. Sin embargo, este esquema encaja poco con la realidad. Sofía, de seis años, adora los cohetes y los volcanes. Thiago, de cuatro años, ordena sus peluches con esmero de bibliotecario. Un niño no es una casilla. Es una persona, con sus pasiones del momento, que además cambiarán tres veces antes de cumplir diez años.
Los especialistas en infancia hablan de figuras de apego secundarias: esos adultos, además de los padres, que cuentan de verdad para un niño. Un padrino, una madrina, un tío, una niñera de toda la vida. Convertirte en uno de ellos no tiene nada que ver con tu sexo. Depende de una sola cosa: que el niño sepa, en el fondo, que puede contar contigo. Esta base, el psiquiatra Boris Cyrulnik la llama con gusto un tutor de resiliencia, un punto de referencia estable junto al cual crecer.
Dicho de otro modo, no tienes que convertirte en una amiga de princesas ni en un entrenador deportivo. Solo tú, disponible para ese niño en concreto.

Padrino y ahijada: dejar atrás los clichés rosas
Volvamos al caso del padrino frente a su ahijada. Al principio, el reflejo sería regalarle una muñeca y sentirse un poco fuera de lugar. Olvídalo. Pregunta mejor a sus padres qué le apasiona en este momento. ¿Las hormigas? ¿Los barcos? ¿El dibujo? Ahí tienes vuestro terreno de juego común, mucho más sólido que un cliché rosa o azul.
Un padrino puede perfectamente enseñar a su ahijada a reconocer los pájaros del jardín. Y una madrina puede mostrar a su ahijado cómo plantar semillas. El tema importa poco: lo que marca la diferencia es el tiempo que le dedicas, solo a ella, solo a él. No la actividad «adecuada» según el género.
Gestos de complicidad, según la edad
La idea perfecta a los dos años no es la idea perfecta a los ocho. Aquí tienes algunas referencias concretas. Elige, adapta, quédate con lo que encaje con tu ahijado o tu ahijada.
De 2 a 4 años: la presencia repetida
A esta edad, el niño recuerda las caras familiares y las costumbres. Tu mejor arma es la constancia. Una videollamada corta cada domingo, siempre a la misma hora. Una canción que se convierte en «vuestra canción». Un peluche que le regalaste y sobre el que preguntas de vez en cuando. Inés, de dos años, no sabrá decir «padrino», pero extenderá los brazos en cuanto te vea. Eso ya es todo un logro.
De 5 a 7 años: vuestros propios rituales
El niño crece, le encantan los secretos y las citas especiales. Inventa un ritual reconocible. Los crepes de los miércoles. El paseo en el que recogéis piedrecitas. Amine, de seis años, contará los días que faltan para «la salida con su madrina». Esa cita le pertenece, se la cuenta a sus compañeros del colegio. Te conviertes en alguien especial en su mundo.
De 8 a 10 años: la confianza y el proyecto
Cuando crece un poco más, el niño busca un adulto que no sea ni su padre o madre ni su profesor. Alguien con quien hablar de otra manera. Sé ese adulto. Empieza un proyecto en común: un herbario, una cabaña, una receta complicada. Zoé, de nueve años, te contará cosas que no dice en casa. Escúchala sin juzgar. Ese vínculo lo recordará a los veinte años.
Madrina y ahijado: la misma lógica, en espejo
La madrina frente a su ahijado vive el rompecabezas al revés, y la respuesta es la misma. No hace falta dominar las reglas del fútbol ni conocer a todos los héroes de dibujos animados. Yaël, de siete años, estará encantado de explicarte su juego favorito durante una hora entera. ¿Tu papel? Hacer preguntas, equivocarte a propósito, reírte con él.
Un niño necesita tanto cariño y palabras que nombren sus emociones como una niña necesita aventura y retos. Al dejar atrás los clichés, le ofreces a tu ahijado o ahijada un adulto que lo ve tal como es, no como su género querría que fuera.
Cuando dudas de tu lugar, quítate la culpa de encima
Muchos padrinos y madrinas cargan con una vocecita: «no hago suficiente». Esa voz suele mentir. Un niño no cuenta los regalos. Recuerda las presencias. La llamada una noche de pesadilla. La vez que fuiste a pesar de la lluvia. La broma que solo vosotros conocéis.
Si vives lejos, el vínculo se mantiene igualmente. Una postal en el buzón causa un efecto increíble. Un mensaje de voz solo para él o ella, de vez en cuando. La distancia se supera con pequeños gestos repetidos, no con un gran gesto único. Y aquí todas las familias tienen su lugar. Dos madrinas, un padrino soltero, una madrina elegida de corazón sin lazos de sangre: la forma no importa. Lo que une a un adulto y a un niño se vive domingo tras domingo.
Un regalo que cuenta vuestra historia
Para afianzar esta complicidad, nada mejor que un objeto que hable del propio niño. Un libro en el que se convierte en el héroe de su propia aventura dice algo muy potente: te veo, creo en ti, cuentas. Tu ahijado se reconoce en cada página, tu ahijada se descubre valiente y divertida, y hasta tu nombre puede aparecer en la dedicatoria.
Si esta idea te gusta, puedes regalar a tu ahijado o ahijada su propia historia personalizada, para leer juntos en vuestras próximas citas. Con Real Big Stories, el regalo se convierte en la excusa perfecta para el verdadero regalo: el tiempo que pasáis juntos.
Para profundizar en lo que hace que un adulto sea un referente en la vida de un niño, consulta el dossier de Naître et Grandir sobre el comportamiento y las relaciones del niño. Ofrece pautas claras y validadas por profesionales.
En el fondo, convertirte en el padrino o la madrina que deja huella no requiere ningún talento especial. Solo estar ahí, una y otra vez, a tu manera. Del resto se encargará tu ahijado o ahijada: te guardará un lugar que nadie más ocupará.
